Cuando entré en el dormitorio, Hugo me clavó a la pared con una mirada.
Yo me quedé en silencio, hasta que el sonido de la respiración de Hugo se hizo más errática, y me dirigí hacia él.
Cuando le giré hacia mí, por alguna razón me sentí culpable de sus lágrimas.
-¿Estás bien?
Esta vez no sonrió.
-¿Tú que crees?
Me quedé mirándole a los ojos. Y resolví su puzzle.
-Que quiero que estés bien.
Él sollozó. Y sonrió.
-Sólo...te quiero, Cedric Diggory.
Ese fue el primer impulso que obedecí. Abrazarle fuerte.
-¿Vas a decirme que es normal?
Yo reí. Sentí con los pies en la tierra la misma sensación de euforia que en el aire.
-No. Voy a decirte que yo también.
Besarle fue el segundo. Y cerrarle la puerta en las narices a Marvin Macnair gritando "Te lo dije, te lo dije", el tercero y último de mi anterior vida.
Etiquetas: Pequeñas Historias para Gente Grande
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